jueves, 12 de febrero de 2009

Ella...



Ella hacía señales que nadie entendía. Su balcón le servía de pizarra del absurdo.

Cuando su tristeza la llevaba a la desesperación, colgaba una camiseta negra, y allí permanecía por un tiempo. Nadie se hacía eco de su señal, no la comprendían, y si lo hicieran, no era cómodo departir con gente triste.

Otro día, su camiseta era blanca, los vecinos pensaban que ya era hora, ya que la anterior había resistido demasiado a las intemperancias del tiempo. La blanca tenía el significado de la paz, no estaba la cosa para andarse con originalidades. Era el tiempo en que el dolor la abandonaba, y el alma descansaba de tanta fatiga pasaba. Momentos en que se encontraba pasota, no dejándose rozar por nada.

No tardó demasiado en lucir el color naranja, la camiseta colgada. En esos momentos se sentía feliz. Eran momentos de juegos, de risa, de misterio. Pena que estos colores no solían durar demasiado; pero aún había otro más intenso, la camiseta roja que hablaba de de su pasión. Nadie advertía sus señales; pero ella no podía tenerlo en cuenta en aquellos momentos tan intensos. Todo estaba iluminado por la fuerza de la vida.

Abrazaba su camiseta roja, para no cambiarla, para que los aires que pasaban como ráfagas, no tornaran su color en negro; pero siempre había algún vecino que tiraba un bote de pintura negra, o el hollín de su chimenea, poniéndola de nuevo del fatídico color.

¡Era tan lenta la rueda una vez que volvía a empezar…!


Sakkarah





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