viernes, 20 de marzo de 2009

Me gusta la palabra...


Me gusta la palabra y la sonrisa. Admiro a las personas que la llevan constante. Es un signo de vitalidad, de fuerza en el vivir. También admiro a las personas que al hablar te envuelven con su verborrea, pero a pesar de ello, aunque no parezca coherente, me gustan esas personas de pocas palabras, y algunas de pocas sonrisas.

Dicen que la palabra tiene algo de divino y misterioso, y en los que las guardan para administrarlas bien, así es. Hay personas que con una sola palabra derriban todas tus barreras, o son capaces de adentrarte en un sueño. Al igual, una persona muy seria, si ves que sonríe, se ilumina todo, es como un milagro. Debe ser que, de tan extraño, conseguir su sonrisa es como llevarse un trofeo.

La palabra es poderosa, y a veces enigmática. Te hiere o te da la vida, y también te puede mantener intentando resolver cábalas. El silencio es como un abismo brumoso al que te asomas, e intentas ver que saldrá de la espesura. Te concentras para intentar escuchar lo que deseas, o a intentar sondear el pensamiento de esa persona que amas, o te preocupa de alguna manera. Una palabra entre las brumas puede convertirse en polvo de oro que atrapas con tus manos.

No se sabe a ciencia cierta donde está el conocimiento, si en la palabra, o en el silencio. Este último te da la profundidad de las cosas.

Todos contenemos las letras dentro de nosotros, y las hacemos salir insuflándoles significados arcanos que el resto deberá descifrar.

Sakkarah


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