martes, 10 de marzo de 2009

Un descuido. (Gracias, Boedarkyss)

Autor imagen: Paul Klee

El profeta, por fin llegó a su casa. Cansado como estaba de guiarse por señales y de predecir el futuro, se sentó en la única silla que tenía en la cocina. De tanto adivinar no le quedaban ganas de pensar y así, mientras su cabeza se distendía, le dio por sacar de la nevera un don o un defecto cualesquiera, y por supuesto, lo dejo descongelando. No era oportuno en ese momento que sonara el timbre, pero el timbre, aunque no sea oportuno, suena. Y el don o el defecto quedó abandonado sobre un plato de vajilla refinada, ni muy lejos, ni muy cerca, del borde de la encimera. Antes de abrir la puerta supo (claro era profeta) que su aventura acabaría en el momento en que el cartero le acercase dos cartas, una de ellas, con el sobre escrito a mano y remitente conocido. Pero no, mira tú por donde, quien llamaba era la propia inercia de la vida, que juega esas malas pasadas para distraernos de lo que hacemos.

Se quedó pensativo el profeta... Y aunque se puso de inmediato a calcular, no pudo llegar a la causa exacta que explicara porque no fue capaz de predecir que no era del cartero esa llamada, sino de la inercia de la vida, que como ya he dicho, juega esas malas pasadas para distraernos de lo que hacemos. El profeta se preocupó bastante; bastante, para lo poco que se preocupan los profetas, pero para uno de nosotros, sería una preocupación muy gorda, más que diez hipopótamos juntos y dormidos.

Llegó la hora de acostarse y no supo donde había dejado las llaves, ni como se tenía que cepillar los dientes, ni siquiera supo que nombre le pusieron sus padres, y hasta por un momento, llegó a creer que era hijo de la nada y su corazón tan pequeño como una hormiga, o más a más, como una campanilla descarriada.


Bien entrada la noche, se despertó alertado, sin saber muy bien porqué, y esto sí que era toda una novedad para un adivino de su talento y , bastante contrariado, primero se asomó a la ventana, y vio la luna llena, oronda sobre la silueta de un edificio que parecía haber salido de la nada, pues el juraría por los clavos de un chupete que aquello antes era un parque con columpios, donde los niños correteaban, o no, acaso hubo una tienda de surfistas de esas tan caras que no sabes lo que pintan en un lugar que no tiene mar ni quien se lo ponga, o no, tampoco descartaba que ayer no hubiera sido aquello un almacén al por mayor de pienso para perros. Confundido y bastante desorientado fue la cocina a tomarse un vaso de agua y se quedó un rato mirando ni muy cerca, ni muy lejos del borde la encimera, un plato de vajilla refinada que contenía un liquido transparente en el que flotaba una pequeña etiqueta dorada. Sólo entonces fue consciente de que, por error o dejadez, lo que había descongelado era el olvido.

Boedarkyss



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