miércoles, 1 de abril de 2009

Todo estaba tranquilo.


Todo estaba tranquilo en la residencia, los días pasaban algo monótonos; pero pronto recibieron la noticia de que acudiría un payaso, que se alojaría allí mismo, entre ellos.

Se crearon muchas expectativas, y los días se sucedían más entretenidos, pues estaban elucubrando cómo podría ser.

Llegó el día señalado, y el payaso hizo su aparición. Conversó con casi todas las personas que allí se encontraban, tenía una fluida verborrea, y se hacía muy agradable en el trato. Toda la residencia quedó encantada, se felicitaban por la suerte de tener un invitado ameno y culto, porque lo era.

No habiendo pasado muchos días, la residencia se tornó misteriosa. Todos callaban lo que veían, pues pensaban que era producto de su imaginación; pero las gotas de sangre por diferentes partes del edificio, los ponía en tensión. No sabían a que era debido, y no sólo les preocupaba, sino que terminaron atemorizados.

No hizo falta que pasara mucho tiempo para que se pudieran dar cuenta de donde provenía. Con todos, y cada uno iba hablando el payaso y, sin darse cuenta, derramaba sangre por su boca al hacerlo. Chorros de ella corrían entre sus palabras, y en su ojos había un brillo que le daba un toque de crueldad.

Aunque se les hacía difícil creerlo, era evidente que el payaso no era ese personaje simpático que todos habían creído. Era un hombre cruel que masticaba sangre, y así se lo advirtieron. Él reía, y reía con cada verdad que le soltaban, pues su vanidad se había alojado en el sitio más oscuro, el que ocupaba la mayor parte de su menudo cuerpo. Cada carcajada inundaba el suelo del medio coagulado humor rojo, y el nivel subía.

La gente, en su instinto de conservación, pronto se puso a salvo; pero el pobre payaso, en su soberbia, llegó a tragar más sangre de la debida, muriendo ahogado en su propia iniquidad.

Sakkarah


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