viernes, 22 de mayo de 2009

Las niñas...


Las niñas, encantadas, jugaban en los prados a las casitas con las piedras de las tapias. Para Nieves era todo novedoso, pues ella no tenía pueblo. Siempre jugaba sobre asfalto. Cansadas ya de tanto bregar con las piedras, decidieron pasear saltando prados, e iban alejándose cada vez más del pueblo.

Se levantó un aire repentino que las ponía la piel de gallina, pero eso no era óbice para volver, pues el tiempo sólo era un reloj olvidado sobre una estantería. Las nubes abarcaban demasiado espacio, se asomaban al cielo como triponas cotillas. A lo lejos un cazador aligeraba el paso hacia la carretera, los pobres perros iban con la lengua fuera.

- Pame, creo que deberíamos volver a casa, el cielo está tomando mal aspecto, y ya siento frío.

- ¡Bah!, no te preocupes, seguro que encontraremos algún refugio. Antiguamente la gente se escondía por los campos, yo se lo oí contar a mi abuela. ¡Venga, corramos a buscarlo!- Y Nieves, ya convencida del todo, corrió tras su amiga en busca de aventuras.

Ellas no entendían de nubes, no se daban cuenta que tomaba la forma de un cigarro, y que eso advertía que había que intentar ponerse a salvo, pues presagiaba un gran aluvión de granizo.

Su búsqueda se hacía rogar, no encontraban nada donde poder guarecerse si llovía. Un gran trueno rompió el collar de la diosa del cielo, las cuentas caían hechas hielo. Sus torsos estaban calados, casi dolía la furia con que eran arrojadas sobre sus pequeños cuerpos, toda la hierba y las cosechas de trigo se veían duramente castigadas. Parecía algo eterno e imparable.

Al fin encontraron un cobertizo, que ya no llegó a darles alegría, pues el temor era mucho mayor que la satisfacción de encontrarlo. Poco podía cobijarlas, pues el tejado estaba derruido casi en su totalidad, y allí, en silencio, quedaron acurrucadas tiritando de frío.

Las horas pasaron, y el estómago les protestaba. Aunque aún llovía tenían que salir y encontrar el camino que les conduciría a casa, además estaban ya caladas.

Al entrar al portalón de la vivienda, iban temblando. Temían una gran bronca, pues pensaban que sus abuelos estarían muy preocupados, y que todo el pueblo les habría estado buscando; pero algo raro pasaba. En la cocina estaban sentados con cara preocupada, y no dijeron nada. La buela se levantó, y en silencio se puso a servirles la comida. Ni cuenta se dieron de lo caladas que estaban. Eso rompió todos los esquemas de Pame, que no entendía esa despreocupación hacia ellas, aun cuando los abuelos estaban realmente preocupados por algo.

- ¿Pasa algo, abuelo? Te noto muy serio. ¿Estás molesto con nosotras?- Preguntó Pame.

- ¿No te das cuenta que el granizo ha arruinado toda nuestra cosecha? No sólo son las cuantiosas pérdidas, sino todo un trabajo baldío.

Pame no respondió nada. Le dolia pensar que ella era menos importante que la cosecha, pues ni habían reparado en su ausencia.

Era la primera desilusión que le traía la vida, a la que seguramente le seguirían otras muchas en el discurrir de los años.

Sakkarah


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