sábado, 23 de mayo de 2009

Primer vuelo del cofre.


Adrián y Lupita preparaban las vacaciones. Habían decidido irse unos días a Cancún, ya que pensaban que sería el lugar ideal para relajarse No querían llevar demasiado equipaje, pues preferían comprar allí si algo les faltara. Según iban colocando las cosas en las maletas, a Lupita pareció encendérsele una luz:

-¡Casi me olvido del cofre!Voy corriendo a buscarlo.

- ¿Pero que necesidad hay de cargar con ese trasto a todas partes?. Es más, lo terminarás perdiendo.- Le replicó Adrián.

- Sabes que es algo sagrado en mi familia, no sé a que viene ahora tanta queja, si siempre he cargado con el.- Contestó Lupita.

Aquel cofre tenía su historia, ya habían pasado por el varias generaciones. El tatarabuelo de Lupita, antes de morir, había convocado a los suyos, para manifestar que su última voluntad era que guardaran ese cofre con un importante contenido para él. Iba dentro algo que le había servido de mucho en la vida, y deseaba que nunca lo abrieran, pero que todos los primogénitos deberían conservarlo y portarlo a donde fueran. Ya se sabe que las últimas voluntades, la gente lo cumple al dedillo. Quizá sea por el miedo a que el difunto se presente reclamando el incumplimiento de su promesa.

Todos lo habían cumplido y, aunque sentían curiosidad, desistían de seguir pensando en ello, pues no se podía abrir. Temían que de hacerlo les sobreviniera un maleficio.

Adrían le djo a Lupita que lo llevara en los bolsos de mano, ya que cuanto menos carga llevaran en la maleta seria mejor, por si se pasaban de peso. Y así se hizo.

Llegó por fin el tan ansiado viaje, y el cofre se quedó sin lugar en el bolso de mano. A última hora todo eran olvidos, y se habían quedado sin espacio. Decidieron que el niño lo porteara como si de un juguete se tratase, y andreín, estaba más que encantado de llevar entre las manos algo tan misterioso.

Al llegar al Aeropuerto, una vez facturadas las maletas, llego el momento de pasar a la zona de embarque. Uno de los empleados pidió que le abrieran el cofre para ver el contenido, a lo que Lupita les tuvo que relatar toda las historia que el susodicho llevaba. El empleado procedió a pasarlo por escaner, y al hacerlo, no pudo reprimir una sonora carcajada. e acercaron unos compañeros que andaban desocupados, y a todos les sucedía lo mismo; por lo que Lupita, harta, les espetó:

- Me parece de muy mala educación el comportamiento que están teniendo. No sé a santo de que viene tanta risa tonta, pero al menos podían comunicárnoslo para que nos riamos todos. Si están aburridos con su trabajo, tengan un mínimo de educación y respeto para con los clientes. Se libran de que no de la queja, porque ya ando cansada con tanto ajetreo de última hora.

- Discupe, señora, no era nuestra intención ofenderla Simplemente nos resultó algo muy gracioso, y no pudimos reprimir la risa. - Le respondió el empleado de Iberia.

Una vez estando en la zona de embarque, sólo hicieron ella y el marido un breve comentario sobre ello. Con el trajín de ir al avión, colocarse, y acomodar al fierecilla de Andreín, se olvidaron por completo del suceso, y ahí acabo su curiosidad por las risas.

Al llegar, lo primero fue dejar las maletas en el hotel, y seguidamente, sin cambiarse siquiera, salieron a buscar un restaurante donde poder comer, pues el estómago les sonaba como si cien demonios se enfadaran dentro. Ellos temían que el cambio afectara al niño, y se negara a comer; pero quedaron admirados de la rapidez con que todo iba desapareciendo de su plato. De vuelta al hotel decidieron descasar, pero Andreín, con una pataleta, se negó en redondo, por lo que le tuvieron que dejar jugar en la terraza con el cofre, del que no se despega.

Como ya sabemos, todos los niños son inquietos, y encuentran por los suelos hasta lo que no está perdido. Ese día, Andrein, tuvo la suerte de encontrar una horquilla, que seguramente pertenecería a una de las señoras de la limpieza. Para él fue todo un hallazgo, y como ya se sabe que no tenía ni una idea buena, donde vio un hueco, decidio que tenía que insertarla. Metió la horquilla en la cerradura, y, si no se supiera su edad (6 años), se diría que habia visto muchas películas de ladrones, o que habría asistido a un cursillo de cerrajeros. Moviéndola para todos los lados, logró abrir el cofre que tantos años permaneció cerrado y rodeado de misterio.

Adresín quedo asombrado, parecía hipnotizado, había encontrado parte de un ser humano, lo más misterioso es que le faltaba de todo. No podía concebir como era posible. él tocaba su boca, pero no acertaba a descubrir ese gran misterio. Se colocó el hallazgo, y emprendió camino a la habitación de sus padres. Estaba seguro que se sentirian muy orgulloso de él.

- ¡Howwaaaa! - saludó al abrir la puerta.

Su madre, sobresaltada, se sentó como impelida por un resorte.

- ¡Andresín, quítate eso ahora mismo! ¿Dónde has podido encontrar semejante cosa?

- ¡Será guarro este crío!- dijo Adrián todo asombrado.

El niño no entendía por qué sus padres se lo tomaban de aquella manera, él tenia unos dientes nuevos y grandes, aunque eran un poco incómodos a la hora de hablar. Eran parte de un mago invisible que salió de dentro del cofre. Le pertenecían, era él el que los había descubierto.

Salió corriendo cuando vio que los padres se levantaban con intención de quitárselos. Volvió a la terraza, y los metió de nuevo en el cofre, pero ya no se podía cerrar. Lo cogió apretándolo contra su pecho, y no estaba decidido a soltar su tesoro.

Cuando lupita vio el cofre abierto, se dio cuenta que tenían que proceder de el. No era posible que nadie los hubiera dejado olvidados en un hotel, y las señoras de la limpieza lo hubieran pasado por alto.Adrián la miraba perplejo, y muerto de risa. Se tenía que sujetar el estómago, era lo más increíble que le había sucedido en su vida. Miraba la cara de Lupita, por ella pasaba el asombro, la incredulidad, e incluso una media sonrisa algo cómica. Ella no sabía si reír o llorar. El gran misterio estaba al descubierto, y era...eso, una dentadura postiza que pertenecería a su tatarabuelo.

Pasado un rato, rompió a reír sin parar, eso sólo le podía pasar a ella. Aunque buen mirado nadie tendría un tatarabuelo tan cachondo como el suyo. El niño miraba a los dos sin saber que pensar, no encontraba la gracia al asunto.

Enseguida se lo quitaron, porque era muy desagradable que lo metiera en la boca, pero decidieron conservar el cofre tal como lo habían recibido. Arreglarían la cerradura para que Andresín lo puediera legar a sus sucesores. ¡Quién sabe cuantos años tendrían que pasar para que rieran de nuevo con la broma de un antepasado que derrochaba buen humor hasta en el día de su muerte!.

Sakkarah



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