domingo, 17 de mayo de 2009

Y leía...


Y leía el cuento de la vida que jamás se acaba. Las olas iban grabando su sonido en mi mente, como si tuviera un disco puesto en la gramola. Un pájaro me sobrevolaba inquieto, era el tiempo que temblaba al pensar que no dejaba huella en mi existencia.

No había una técnica para vivir, por eso inventé los instantes, perpetuándolos en una eternidad que nadie comprendía. El jazz me había introducido en sus mundos extraños y azules, absorbiéndome en una espiral infinita, donde no había un ángulo donde poderme esconder; donde poderme zafar de la inmortalidad. Es entonces cuando decidí jugarme el corazón. Desde ese momento, mi existencia tomó unas magnitudes que ni yo misma pude ya calcular.


Sakkarah


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