domingo, 14 de junio de 2009

El tiempo...


El tiempo se mostraba apacible, y el sol inundaba los jardines del Kinder. El porta viandas que llevaba era de vivos colores, y dibujos infantiles en latón, con asa para portar colgado del brazo. Antes de sentarse en la hierba, miraba a todos los lados, de reojo, con timidez. Los sentía a todos unos desconocidos, y la profesora se terminaba acercando a ella para llevarla del brazo a integrarse con el grupo. A ella poco le importaba, pues no tenía interés en amistades. Le bastaba con los pocos amigos que tenía, con los que se reunía en el patio de su bloque cada atardecer.

La camioneta siempre llegaba vacía a la puerta de su casa, era la última en ser entregada; y al levantar los ojos, siempre aparecía la figura sonriente de su madre en la ventana, esperándola. Saludaba con su manita pequeña y regordeta, y la sonrisa se apoderaba de su cara. Sus dedos señalaban la frente para que se fijara en la estrella que relucía en ella. El kinder tenía por costumbre premiarles con la estrella plateada al buen comportamiento, y si se sucedía durante toda la semana, al final de ella, se les ponía la dorada. A ella nunca le había fallado, y pensaba que su madre la querría aún más por ello.

Ese día se presentaba oscuro, el aire azotaba sin piedad sobre las casas. Abrigada, la piel quedaba escudada frente al frío, y en la camioneta no se dejaba sentir. El aula se veía más oscura, y ella miraba alguna vez para los lados. Acababan de castigar a Fernando, que era un niño muy inquieto, y no le perdía de vista. Tenía que estar ladeando la cara por completo, pues lo pusieron en el último banco. El corazón le latía descompasado, su miraba iba del final de la clase, a la mesa de la profesora. Las manualidades estaban abandonadas en el pupitre, pues su manos se entrelazaban nerviosas. Nunca antes había dejado de prestar atención a su trabajo. El cuello peligraba con encasquillarse de tanto mirar hacia atrás, y el rubor le cubrió la cara cuando se encontró con los ojos negros de su compañero castigado. Sus párpados bajaron como un resorte, pero ya era incapaz de mirar hacia delante.

Una gran inquietud se apoderó de ella. No atendía ya por si la profesora miraba, sólo suspiraba por un castigo que le igualara con él; pero no sabía que se sentía con la desobediencia. En esos momentos tampoco le importaba, pues sus ojos ya no le dejaban apartarse de ese chico con la mirada traviesa. Pensó en su madre, en que cara pondría si ella perdía la estrella; pero todo pasaba como una ráfaga por el pensamiento, y nada conseguía desimantar sus ojos de aquellos otros que la pedían a gritos que los mirara más de cerca. Todo su cuerpo se volvió, de forma ya descarada, aun cuando los párpados seguían bajando con rapidez cada vez que se encontraban las miradas.

La voz de la profesora, indignada, enviándola a sentarse en el último banco por no atender; sonó a sus oídos de forma más melodiosa que las canciones infantiles que tanto le gustaba entonar. Aunque el corazón latía metiendo prisa, se dirigió con pasos serenos a colocarse muy cerca de su compañero. Sin cruzar palabras lo sentía muy cercano a su corazón, y acomodaba su cuerpo hasta quedar muy unida a él en el asiento. Ahora sonreía, y sus piernas se movían con un compás feliz. Le miraba una y otra vez, y dejaba que se cruzaran las miradas dos segundos antes de bajar la vista. Ese tiempo se iba alargando hasta chocar con sus pupilas, penetrándolas, y perdiéndose en ellas. Sus ojos se asemejaban a bosques encantados.

La camioneta paró, y no pudo ver el gesto de extrañeza de su madre en la ventana. Sus pasos flotaban hundiéndose en la espuma de su pensamiento. Se encaminaba a su casa por inercia, pero el camino iba tomando los tintes llamativos de la fantasía, y no cayó en la cuenta de la levedad de su frente.

Sakkarah



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