domingo, 12 de julio de 2009

Un alto torreón.


Un alto torreón rompía la tranquilidad del paisaje, desafiante, rozaba los azules cielos. La tierra a su alrededor era árida, hecha para personas austeras y fuertes. Un viejo y añoso roble daba solaz y sombra a un minúsculo espacio, y era allí donde ella reconoció el amor.

Todas las tardes extendía los celestes cojines de seda sobre la hierba. Allí mataba el tiempo, en un eterno aburrimiento. Lo tenía todo, pero su corazón no latía por nada. Todo la cansaba, y nada retenía su interés. No había nada suficientemente bello para sacarle de esa eterna monotonía. Mil bufones no lograban alegrarla, y había llegado a sus oídos, que era conocida como la hierática princesa. Parecía impresa en un lienzo, y no había príncipe capaz de darle vida.

En la hora de la costura, se levantó. No había inquietud en sus movimientos, pero el calor hizo que se asomara a la ventana. La quietud de los campos era rota por un jinete, que descabalgó frente al enorme torreón. Ella sintió curiosidad y envió a una de sus damas a informarse.

Al saberle perdido, acudió a interesarse, cosa muy poco común en ella. En sus ojos ausentes reconoció el amor. Destelleaban de manera imponente, y se veían lejanos, no la prestaban ninguna atención. Iba en busca de la mujer a la que había dejado una promesa, y se había desviado del camino, sin saber encontrarlo de nuevo.

Se sentaron a la sombra sobre los suaves cojines, y le incitó a la charla. Escuchaba atentamente sus palabras, mientras él iba desgranando sus sueños, su romance. A ella, sin quererlo le iba despertando el corazón.

Se aposentó en sus dominios por unos días, mientras le venía el descanso para el largo camino que aún le esperaba. No se separaron ni un instante, sólo el tiempo necesario para el reposo. Nada hizo que reparara en ella, ni sus palabras, ni su atención, ni el arrobamiento que se reflejaba en sus ojos al mirarle.

El enamorado debería partir, y ella despidió el amor en el mismo instante en que nacía. No expresó en palabras lo que decían sus delicados gestos, no podía retener y tronchar las alas de otro sueño que a ella no le había sido destinado.

Dijo adiós con la mejor de sus sonrisas, y el corazón encogido, viéndole alejarse.

Como cada día, su vida siguió los mismos derroteros, pero sentía la hierba rozando su piel, aspiraba del aire todo el aroma, y admiraba el poderío de esos celestes y nítidos cielos. Podía escuchar el canto de las aves, despertar alegre con su trino; y le llenaba de alegría el contacto con todos los animales que paseaban por su pequeño reino.

Su corazón había despertado al sentimiento, y todo tenía una actividad intensa. Nunca volvería a ver a su jinete amado, pero podía soñarlo, y se sentía viva.


Sakkarah


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