martes, 20 de octubre de 2009

Salí del mar...



Salí del mar, sin tener la certeza de donde venía. Vi la tierra, como arena fina, y mis dedos dejaron una marca profunda con la que pudieron las aguas. Sin dejar mi mirada expandirse, sólo me fijaba en esa arena limpia que no conocía. Me acerqué a donde la falta de humedad hacía que esta resbalara por mis dedos; mientras, el aire, jugaba con ella, aventándola.
Ahora si elevé la vista, y eran los verdes tan intensos, los cielos tan azules, que el corazón palpitaba sin razón.

No había nada que yo esperara, pues lo desconocía todo, y entre hojas y leña encamine los pasos.
Un tronco enorme me incitó al descanso. Quedé parada en seco, con un latido absurdamente mágico en el pensamiento. El verlo me hizo encontrar en el alma reacciones absurdas. Corrí hasta alcanzarlo, y abrazándolo muy fuerte, empecé a sentir cansancio. Rendida caí hasta tumbarme a sus pies, la piel de mi espalda sentía su rugosidad, su vejez...Es entonces que me encontré con un recuerdo. Un regalo extraño de mi mente que me hundía en llanto, y me devolvía vida.

Como en un sueño pasó lo suficiente ante mí, y quieta, frotando mi pelo contra el tronco anciano, sentí que era el momento de empezar a ser feliz.
Cerré la fuente de la evocación, y asenté mi vida en la soledad del árbol. Cada pisada sería algo nuevo, cada encuentro, una sensación diferente.

Sakkarah



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