domingo, 6 de diciembre de 2009

Altar


Sobre el altar de roca primigenio que alzo por tu amor, deposito la ofrenda de carne, piel y sueños. En lo alto, una estrella fugaz detiene su tránsito durante un breve destello y escucha mi canto nocturno. En mi derredor cunde la vegetación más espesa, se prolonga de manera interminable el bosque denso y, en el claro que enmarca este altar de piedra, mis plegarias se expanden por el contorno y a lo alto. Ya el camino que he seguido hasta ti se ha borrado, cubierto de nuevo por esas zarzas y otros extraños vegetales que todo lo circundan y que parecen moverse en un ritmo temporal ajeno al por mí conocido. Purifico el altar con ahínco, pues la nueva ofrenda espera. Froto, me esmero en la limpieza como signo de devoción. La luz lunar provoca el frío que la brisa nocturna transporta, y mi cuerpo desnudo tiembla cuando se tiende sobre la piedra plana del ara. Me ofrezco. Soy cuerpo a la espera de quien invoco.

José Manuel F. Argüelles.




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