sábado, 15 de mayo de 2010

Aquel pueblo


Aquel pueblo estaba engarzado en una nube, poca gente podía alcanzar su altura, sólo los elegidos. Allí ella reinaba floreciendo en la tierra, lluvia y sol la daban vida, la niebla la protegía con su amor. Nadie que no mirara podía seguir con vida, y eso no hizo que se sintiera caprichosa.

Dominaba todos los continentes desde su altura, y África estaba sujeta con su mano derecha. Sus hijos crecían felices en un jardín de sol, donde la niebla no asomaba. Todos guardaban su vida, temerosos de la niebla que la amaba, pendientes de su mirada que le podría dar la eternidad.

Sus ojos tenían un toque de melancolía que le arrimaban las brumas, sus manos eran tiernas. Él alcanzó la dicha de sentirla a pesar de los obstáculos, pero su egoísmo hizo que le dejara resbalar por su caricia a los abismos, de donde ya jamás se supo. No se movieron sus facciones, no le cambió la sonrisa, siguió sosteniendo al mundo entre sus dedos, y dando vida en su mirada.

Sakkarah




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