lunes, 17 de mayo de 2010

Pálida...


Pálida comenzó a andar por la galería, el mordisco fue rápido, sin darle tiempo a reaccionar. Él la había engañado diciendo que en la noche dormía. No, no era cierto. Salía cada día al anochecer en busca de otras personas que vivían de lo mismo, todos lucían sus colmillos prominentes, y su cara de cinismo.

Le repelía el recuerdo de su contacto. Le había robado un sorbo de inocencia. Se entregó a una fiera con maneras de niño, un monstruo sin escrúpulos, sin sentimientos. Había perforado su piel semi virgen, y con ello su alma. Escapó el sentimiento entre la sangre hasta dejar el vacío. Se había llevado el color rosáceo que da la vida.

El coraje hacía que aún le quedara pulso, y rabia. Sobreviviría.

Los colmillos crecían cada noche, y pujaban por alimentarse de sangre, pero el poder de su mente sostenía su instinto. No se convertiría en un ser despreciable como quien la contaminó. Aguantaría las estoicas noches en pie, sin acercarse a la puerta, y sin asomarse a la lápida vacía que él dejaba. Se escondería en las sombras, pero él no la vencería.

Sakkarah




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