jueves, 7 de octubre de 2010

En la noche


Abrí la parte de arriba de la puerta, y el patio parecía de plata. Invadido por la luna llamaba al viaje, a la fantasía. Subí a vestirme, algo me empujaba a pasear, a perderme por los caminos del miedo.

Las casas dormían sus fantasmas, y sus piedras estiraban sus bocas silenciosas, comunicándose con su lenguaje mudo. El río susurraba su canción eterna, dejando entrever el secreto de sus ahogados.

Mis pasos dudaban, todo mi cuerpo era atenazado por el miedo, pero una voz lejana, casi inaudible, me llamaba. Nada podía pararme ante su voz aún desconocida. Sólo era un sonido del alma.

Las estrellas rutilaban al unísono de mis temores, acompasando mi pulso. Mis pies iban adquiriendo alas mientras la piel de mis labios ardía. Allí al fondo, entre luces y sombras, rodeado de niebla, él. Sus brazos me aguardaban para el abrazo, sólo quedaba fundirme, desintegrarme en amor.

Mi pelo pudo sentir la ternura de su pecho; mi torso, sus manos mientras mi corazón paraba. El vacío me inundó mientras otra, en su estela, se llevaba mi luz. Mi soledad latía en la oscuridad, por siempre, y yo ya no temí a los lagartos. En la humedad del suelo me tendí me abandoné a esta muerte.


Sakkarah




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