viernes, 8 de abril de 2011

Miedo


Con las improvisadas alas del miedo, puso pies en polvorosa. La voz siniestra que salía de entre los árboles, hizo que el corazón saltara y se aposentara en la garganta.



Un viejo enano salió detrás del tronco. Sus ojos estaban achinados y brillantes, y había en ellos una expresión maligna. Alcea renegó de su mala suerte, pues para una vez que le salía un enano al encuentro, no era saltarín (como el del cuento), o trabajador como los de Blanca Nieves. Este era malo y gordinflón.


Aunque tenía las patas cortas, casi le daba alcance. A Alcea ya no le quedaba resuello, parecía que sus pulmones estallarían de un momento a otro.


Una piedra, en mitad del prado, fue la culpable de su caída. No tenía ya salvación, estaba a merced del enano, y el terror la llevó al desmayo. Al abrir los ojos, estaba allí, mirándola con esa mirada cruel. Tenía miedo que abriera su boca rompiendo el silencio, y con resignación se iba despidiendo de la vida, pues sabía que nada le podría librar de la muerte.


- ¡Chica!, despierta. ¿Dónde ibas con tanta prisa? Creí que no podría alcanzarte, pues corres como un gamo.


- ¿Eres muda? Espero que al menos no seas también sorda, yo sólo quería saber si tienes un mechero. Necesito encender un cigarro que encontré, y aquí difícilmente se encuentra un ser humano.


A Alcea se le abrieron los ojos como platos, y seguidamente le abandonó el sentido volviéndose a desplomar.


- ¡Bah! - Dijo el enano – Para una persona que encuentro, me sale boba – y se marchó, dando saltos, volviéndose a perder en el ya lejano árbol.

Sakkarah
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