domingo, 2 de octubre de 2011

Se sentó...



Se sentó en una banqueta, había dormido y estaba descontenta de haberlo hecho. Hubiera sido mejor no tener buenas señales. Sintió la mano de él, esta vez estaba fría, era un témpano de hielo que no se apoyaba en su hombro sino que rozaba su garganta intentando apretarla fuertemente.

Abrasaba el golpe de la sangre invadiendo su cabeza. Los ojos se abrían desmesuradamente, pero no veían nada. Empezaba a sentir el dulce abandono a lo incontrolable.

Vio pasar una tartana de caballos desbocados y al mirar al cielo, escupía harina. Entonces volvió a ver su cara bajo un enorme gorro verde, con seguridad era él a pesar de su aspecto y piel de conejo.

Ella se subió en la baca, se veía a sí misma como una maleta que guardaba recuerdos, se cerró hermética para no perder nada en el camino. Aquel conejo rechoncho la perseguía y al mirarle aún sentía sus manos frías sobre su cuello. Había perdido un arete en ese pensamiento, su cabeza quedaba desnivelada. Estaba inclinada hacia el absurdo.

Las carracas sonaban en su mente, ya no quedaba otro sonido. Se dejaba mecer, dormiría.

Sakkarah
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