sábado, 19 de noviembre de 2011

Ha cambiado el tiempo



Ha cambiado el tiempo y ella está haciendo fila en la calle. No sabe donde va a llegar, ni qué pide la gente que va antes que ella; pero la guarda hasta que llegue su vez.

Le dio por pensar que al final pudiera estar un dentista, y el hecho la hacía marearse, la dejaba sin color. Atraía todas las miradas. La gente cree que puede sujetar a alguien con la vista, pero como no es así, cayó. El golpe fue tremendo, con sonido a hueco. Alguien la levantó agitándola. Ponía el oído en su pecho que sonaba a cristales rotos.

Extrañados, la dejaron contra una pared, como si ésta tuviera imán. La falta de peso la hizo ir resbalándose poco a poco hasta tomar de nuevo el suelo. Esta vez la miraban con impaciencia contenida, como el que está harto de los hechos que ocurren. Tardaron algo más en levantarla y la dejaron apoyada sobre un hombre fornido y grueso.

El indolente no miraba sobre su hombro al dar los pasos, con lo cual ella amenazaba con volver a tomar tierra. Se quemaron unas cuantas calorías entre subidas y bajadas. El mundo actual se mueve por calorías.

Llegó el final, entre tierra, pared y carne. Y allí se encontraban ellas, con cara de oler mal y sin paciencia para dejar que a aquella chica se le despejara la mente de su perplejidad. No sabía cuantos huevos pedir. Solo servirían para adornar el frigorífico y serían despreciados en la dieta por su cantidad de proteínas. Un día perdido para alcanzar una huevería.

Eran la vida de las gallinas, fruto de su aburrimiento. Tomó un cartón, los pidió morenos. Le quitó una tapa y estampó contra el suelo el contenido. Con el pie revolvía y estiraba, mientras veía como todo ese público que se pasaba la vida en esperas, iba ahogándose en una mancha amarilla, hasta desaparecer.

Una vez sola, se puso a andar feliz por las calles vacías.

Sakkarah
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