miércoles, 21 de diciembre de 2011

Agresividad

Autor imagen: Alex Caballero


Nos influye la agresividad que hemos ido acumulando. Inexorablemente en la vida hemos tenido que pasar por cosas desagradables, hemos sufrido injusticias y nos hemos visto obligados a sofocar impulsos de protesta; ante cada situación que representa una violencia, se produce en nosotros, de un modo natural, una reacción contraria; cada vez que yo siento una injuria, bien sea física o moral, se moviliza automaticamente en mi la necesidad de responder. Ahora bien, muchas veces esa respuesta no llega a expresarse del todo por diversos motivos. Porque la educación me lo prohíbe, porque tengo miedo ante la superioridad del contrario o porque no me conviene, ya que representaría un descrédito para mi nombre, etc... De este modo, la protesta, la reacción natural, queda retenida. Cuando esta situación se repite, sobre todo si se produce en aquellas cosas que uno vive como importantes, la agresividad acumulada va adquiriendo una considerable fuerza interior. Curiosamente las personas más agresivas son aquellas que se muestran como más pacíficas, precisamente porque más han reprimido su agresividad. Es decir, son pacíficas aparentemente porque se han esforzado en ser buenos, en no crear conflictos. Son personas que se han formado sobre la base de ir cerrando dentro de sí todo lo que fueran protestas, todo lo que fuera violencia, de un modo u otro, y, por lo tanto, exteriormente son las más ordenadas, las más tranquilas y benignas. En realidad tienen una carga explosiva generalmente más fuerte que otras. Esto no quiere decir que otras personas no puedan tenerla, pero es en éstas donde es más aparente el contraste, dada su personalidad exterior.

Cuando esta agresividad – que la persona no quiere generalmente reconocer porque va en contra del tipo bondadoso que debería ser – existe, se traduce en una enorme susceptibilidad interna para todo lo que sean situaciones o personas con rasgos violentos. Cuanto más he reprimido una cosa, más sensible soy a ella cuando la tengo ante mí. Si yo hubiera podido expresar mi agresividad, mi protesta, sí hubiera podido incorporar es fuerza interior mediante la acción consciente, habría ido creciendo en fuerza personal y no tendría miedo a esa agresividad. Me sentiría fuerte y no precisaría esconderse tras ninguna apariencia. Además, curiosamente, cuanto más hubiera desarrollado mi capacidad de lucha, menos necesidad tendría de combatir violentamente.

A. Blay
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