lunes, 5 de diciembre de 2011

Paseo



Paseaba por un zoo pobre, de animales dispares. Las cuestas solitarias de los días de diario, las jaulas rodeando la tarde que acaparaba el sol en cada rincón. De las palmeras colgaban máscaras de ojos huecos y frente vacía, y ella andaba como una desconocida entre miradas ciegas. La inteligencia se esparcía por el suelo, en forma de manchas oscuras de grasa preparadas para cualquier caída.

Unos monos invitaban a la felicidad promiscua, le cedían asiento para despiojarla. Allí la piel se convertía en áspero pelo y al llegar la noche huyó trepando y descolgándose entre lianas.

Partículas de polvo se hacían solidarias entre los haces de luz y las fiestas hacían llevar la mirada hacia horizontes de metal. Lo ignoto no era más que el vacío, y amigable se quedo entre toda aquella chatarra que reposaba en un rincón. El frío latón arañaba su piel, pero ya nada era interesante.

Un te quiero se escapó en pompas transparentes que se enterraban en el silencio. El eco había enmudecido entre las dudas y no rozó su oído. El polvo seguía siendo solidario entre los haces de luz que penetraban en su piel. El tiempo fosilizó su corazón.

Sakkarah

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