sábado, 26 de julio de 2014

Perdida



El águila acechaba, ella andaba despacio, pensaba. Los campos verdes invitaban a quedarse, tiraban del alma.

Leía una carta, y el sudor de las manos se hacía hielo, témpanos gigantes llenaban de rocío la hierba. No podía discutir con nadie, no se podía quejar, el silencio era poderoso.

Vio el ojo del águila, y se sintió prisionera de su mirada, temía sus garras. Se dio cuenta que estaba perdida en un gran monte, pero en realidad no le importaba, si no hubiera sido por esa mirada penetrante.

Decidió entregarse a la vida, se dejó caer… Pero el lince decidió esperar, la rondaría hasta confundir su mente; pero ella había anulado todo pensamiento, es como si se hubiera dejado morir antes de que llegará el final.


Sakkarah
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