viernes, 4 de mayo de 2018

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El camino era zigzagueante y polvoriento. Daba miedo pensar en irse una de las curvas abajo. Me daba terror, pero a la vez pensaba que si sucedía, al menos lo haría con él. El paisaje agreste y seco, solitario.

Al fin llegamos ante ese montón de desnudas piedras que se alzaban vigilantes. Lo primero que pensé fue en la forma tan adusta de vivir que tuvieron los antiguos. El tenía que explorarlo todo, con esa mirada que nunca pierde un detalle. No pude acompañarle, de lo cual luego me arrepentí. Tardaba, y yo temía que algo le hubiera pasado. Decidí sólo esperar un poco más, si no entraría. Si a él le pasaba algo, ¿qué me importaba a mi la vida?. Sólo habían pasado unos instantes cuando le vi aparecer. Siempre estaba sonriente, siempre era paciente.

Los momentos que siguieron, no sabría expresarlos con palabras. Pero el inoportuno móvil, aún sin sonido, nos atormentó con ese ruido sordo del vibrador.


Sakkarah
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