jueves, 10 de mayo de 2018

Esposas



Un habitante de un pequeño pueblo descubrió un día que sus manos estaban aprisionadas por unas esposas. Cómo llegó a estar esposado es algo que carece de importancia. Tal vez lo esposó un policía, quizás su mujer, tal vez era esa la costumbre en aquella época. Lo importante es que de pronto se dio cuenta de que no podía utilizar libremente sus manos, de que estaba prisionero.

Durante algún tiempo forcejeó con las esposas y la cadena que las unía intentando liberarse.

Trató de sacar las manos de aquellos aros metálicos, pero todo lo que logró fueron magulladuras y heridas. Vencido y desesperado salió a las calles en busca de alguien que pudiese liberarlo. Aunque la mayoría de los que encontró le dieron consejos y algunos incluso intentaron soltarle las manos, sus esfuerzos sólo generaron mayores heridas, agravando su dolor, su pena y su aflicción. Muy pronto sus muñecas estuvieron tan inflamadas y ensangrentadas que dejó de pedir ayuda, aunque no podía soportar el constante dolor, ni tampoco su esclavitud.

Recorrió las calles desesperado hasta que, al pasar frente a la fragua de un herrero, observó cómo éste forjaba a martillazos una barra de hierro al rojo. Se detuvo un momento en la puerta mirando. Tal vez aquel hombre podría...

Cuando el herrero terminó el trabajo que estaba haciendo, levantó la vista y viendo sus esposas le dijo: "Ven amigo, yo puedo liberarte". Siguiendo sus instrucciones, el infortunado colocó las manos a ambos lados del yunque, quedando la cadena sobre él.

De un solo golpe, la cadena quedó partida. Dos golpes más y las esposas cayeron al suelo. Estaba libre, libre para caminar hacia el sol y el cielo abierto, libre para hacer todas las cosas que quisiera hacer. Podrá parecer extraño que nuestro hombre decidiese permanecer en aquella herrería, junto al carbón y al ruido. Sin embargo, eso es lo que hizo. Se quedó contemplando a su libertador. sintió hacia él una profunda reverencia y en su interior nació un enorme deseo de servir al hombre que lo había liberado tan fácilmente. Pensó que su misión era permanecer allí y trabajar. Así lo hizo, y se convirtió en un simple ayudante.

Libre de un tipo de cadenas, adoptó otras más profundas y permanentes: puso esposas a su mente. Sin embargo, había llegado allí buscando la libertad.


Desconocido

14 comentarios:

  1. Es frecuente poner esposas a la mente pero si es por propia voluntad y te hace feliz ¿Por qué no hacerlo? Besicos

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    1. En eso tienes razón, si eso le hacía feliz... hizo bien.

      Muchos besicos.

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  2. La historia no me cierra. ¿Y si era eso lo que quería? ¿Es tan malo ser un ayudante? Tal vez podría llegar a ayudar a alguien que pase por lo que él pasó.
    Besos.

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    1. No, no es malo ser ayudante y además voluntario, pero las esposas de la mente nos la ponemos nosotros mismos. Aunque bien es verdad que si es así, está bien, lo malo sería algo forzado.

      Muchos besos.

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  3. Es la naturaleza humana: nos gusta vivir encadenados

    Besos

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  4. Un buen texto; nuestra mente puede estar encerrada y prisionera y no siempre la hemos encerrado nosotros. Agradecimiento y dependencia para quien no devuelva la libertad. Abrazos

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    1. Sí... No siempre somos nostros los que la encerramos.

      Muchos besitos.

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  5. Pero tuvo la libertad de decidir, que finalmente es lo que no deberíamos perder nunca.

    Dulces besos.

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    1. Sí, eso es verdad, si es por decisión propia, uno hace lo que quiere.
      Pero parece que necesitamos esas esposas.

      Dulces besos.

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  6. paradojas de la vida. él ya estaba atado mentalmente antes de estarlo físicamente. hay personas que por más que escapan de una mala situación caen en otra incluso peor por su falta de ambición y mediocridad.

    besos.

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    1. Eso que dices es también una verdad muy grande.

      Montón de besos.

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  7. No olvidemos el agradecimiento. Eso tambien debería encadenarnos, aunque la mayoría de las veces,"si te he visto, no me acuerdo".
    Besos.

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    1. Sí, tienes razón. Como dicen: Es de bien nacido ser agradecido.

      Montón de besos, Juan.

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