domingo, 14 de enero de 2018

La majestad hasta en el retrete.



Hubo un tiempo en que los monarcas europeos, por pertenecer sus personas al Estado, carecían de toda privacidad. Las jornadas de un rey eran públicas desde el despertar hasta el acostar y ni siquiera se hacía un receso para que pudiera aliviarse en privado. No podemos encontrar mejor ejemplo entre los reyes del Antiguo Régimen que el de Luis XIV, el rey solar por excelencia.

Si el rey necesitaba miccionar o defecar, lo hacía en público y había quien se ocupaba de pasarle el algodón por la raja de las posaderas. Se aprovechaba incluso esa necesidad tan humana para conceder audiencias, fuesen a familiares, cortesanos solicitantes o embajadores extranjeros, y se consideraba ese gesto como algo impagable y del mayor honor.

Luis XIV era rey hasta sentado en su silla-retrete. Y si repasamos algunos episodios de la Historia de Francia, descubrimos que esa escatológica costumbre ya venía de lejos... ; un predecesor de Luis XIV, el rey Enrique III, se encontraba sentado en el retrete cuando el fatídico 1 de agosto de 1589, a las siete de la mañana, recién levantado y aún por vestirse, recibió en audiencia al monje que le asestó una ponzoñosa puñalada en el bajo vientre.

Pasaba con frecuencia que, en el curso de las largas audiencias y paseos reales, algún que otro cortesano sintiera la apremiante urgencia de hacer sus necesidades sin poder ausentarse del evento. Existen, al respecto, no pocas anécdotas escatológicas de personalidades que tuvieron que aliviarse entre los demás o aprovechar un batiente de una puerta para desahogarse "privadamente" en un abrir y cerrar de ojos.

Versalles no olía precisamente a ámbar pese a los cargantes perfumes de las damas y caballeros y a los quemadores de inciensos, por lo que no era de extrañar que a Luis XIV le obsesionara tener todas las ventanas abiertas para que circulara el aire fresco. Incluso su cuñada, la Princesa Palatina, se quejó en su correspondencia de que el Palais-Royal (su residencia parisina), apestaba tanto a orines que le era imposible convivir con aquel hedor tan penetrante, y en otra carta se lamentaba tener que cagar en los jardines de Fontainebleau a la vista de todos porque no tenía en sus aposentos ningún cubículo que le sirviera de retrete. La magnificencia tenía su precio...


Fuente: http://retratosdelahistoria.blogspot.com.es

14 comentarios:

  1. Gracias por la información. Sinceramente tenía que ser horrible.
    Fantástica la imagen, jajajajajaja

    Muchos besos

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  2. Si :) Tenía que ser horrible.

    Muchos besos, jajaja.

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  3. Todo es cierto aunque parezca una exageración... qué barbaridad!!! y nos quejamos de poca intimidad.
    Gracia por mostrar, preciosa.

    Mil besitos y feliz inicio de semana.

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    1. Si :) No nos podemos quejar

      Muchos besos, guapísima.

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  4. Buenas tardes.
    Es interesante eso que nos cuentas pero yo ya conocía por encima esos olores tan humanos...
    Sin ir más lejos tenía un vecino muy mayor que para que no le olieran los pies, se ponia en los calcetines colonia...como has de suponer, una vez que el anciano falleció, el frasco se fué a la basura: todos los de la calle odiábamos aquel perfume tan penetrante...y los días de veranoooo¿qué me dices?

    Un saludo amiga

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    1. Jajajaja, la colonia con la suciedad huele muy mal :)

      Un beso, Buscador.

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  5. jejeje.. Carmen, es que los franceses son tan prácticos y tal sofisticados, no me extraña lo que cuentas, ya sabes que también inventaron el Bide.. O eso es lo que cuenta la famosa canción de La Trinca..
    En el siglo dieciocho en París hizo furor
    el Barón de Bide, famosísimo inventor.
    El Barón especulaba con la posibilidad
    de tomar baños de asiento sin perder la dignidad.
    En las fuentes de Versalles contempló con estupor
    a unos patos arrimar el culo a un surtidor.
    Y exclamó el señor "Mesié": ¡Eureka! Je le encontré
    Ohlalá! Oh! mondié!
    je feré une filigrane
    que serà una palangane
    con el chorro incorporé!
    Con la excusa del diseño el Barón el muy truhán
    se pegaba el gran filete con madame de Chateaubriand.

    Abrazos..

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    1. Jajaja, recuerdo muy bien esa canción de la Trinca :) Muy chula.

      Gracias por ponerme su letra.

      Un beso, Llorenç

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  6. Buenas noches , me encanto visitarte pues la verdad que algo había leido pero me ha parecido un buen texto muy bien redactado , como bien dices hasta los reyes tienen ( al menos los de antes) tenían privilegios para sus más íntimas necesidades.
    Un abrazo y feliz noche.

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    1. Gracias por venir y por tus palabras.

      Un beso, feliz noche.

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  7. Si es que las monarquías hay que reconocer que nunca han olido bien.

    Abrazote utópico, Irma.-

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  8. Cuánto se ganó con la invención del excusado o retrete. Aún no me imagino la vergüenza de tener que hacer sus necesidades fisiológicas delante de todo mundo. Y de los bailes y fiestas en el palacio de Versalles, cuando la comida o el licor hacían estragos en los esfínteres, todo mundo tenía que salir a miccionar y defecar a un vasto jardín, que quedaba perfumado con ligerezas de los riñones y del estómago. Creo, que los perfumes no alcanzaban a aliviar tan soliviantados olores digestivos y renales. Bien lo dices en esta crónica. Razón tenía el personaje de la novela de Patrick Süskind, en darse a la tarea de inventar los perfumes capáces de contrarrestar los malos olores de París. Gracias por esta joya de crónica. Un abrazo. Carlos

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    1. Gracias a ti, por tu paciencia de venir y leer...

      Un beso, Carlos.

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